[PDF] Un nuevo corazón: Sylvia Day

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Libro Electrónico Un nuevo corazón

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Capítulo 1

—No son ni las nueve de la mañana y ya estoy medio borracha… Mi vecina Roxanne, que acaba de abrirme la puerta de su casa de par en par en respuesta a mi llamada, aparece ante mí con los ojos chispeantes.

Sus dos perras, una weimaraner muy escandalosa y un cruce de corgi y chihuahua más escandalosa todavía, corren a darme la bienvenida. —¿Qué estás celebrando? Me agacho, preparada para recibir la embestida de los dos cuerpos lanudos y cálidos. Al levantar la vista, me fijo en los vaqueros que cubren las piernas kilométricas de Roxy y en la camisa blanca de diseño clásico que lleva anudada a la cintura

Como siempre, está impecable sin que parezca haber invertido el más mínimo esfuerzo. Me sonríe. —Los lunes es el día de desayunarse con un mimosa, doctora. —¿Ah, sí? —Acaricio a base de bien a los dos animales, sintiéndome halagada por tan alegre recibimiento—. Pues no seré yo quien te lleve la contraria, amiga mía. En alguna ocasión he prescrito un cóctel, muy de vez en cuando. —Pero si tú nunca bebes… Me encojo de hombros.

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—Porque no me sienta bien el alcohol; soy de esas personas que se ponen lloronas cuando se emborrachan. La calurosa bienvenida que me están dando Bella y Minnie la impulsan a decirme las siguientes palabras: —Te han echado de menos. Yo también te he echado de menos.

—Pero si ni siquiera he estado fuera el tiempo suficiente para que me extrañarais tanto… Me pongo de pie, felicitándome por haber conseguido, no sé cómo, ahorrarme los lametones de las dos lenguas gemelas. Me quedo sin aliento cuando Roxy me estrecha en un fervoroso abrazo. Me saca poco menos de un palmo, es varios años mayor que yo y va muy por delante de mí en cuanto a belleza y glamur.

Da un paso atrás, me mira detenidamente y, tras llegar a algún tipo de conclusión, asiente con la cabeza. Deslizo la mirada sobre la explosión de rizos que le llegan hasta el hombro, una melena rizada que enmarca su cara ovalada. Tiene los ojos castaños, varios tonos más claros que su piel, y relucen con el brillo de un alma buena de verdad. —¿Cómo está Manhattan? —pregunta mientras me toma del brazo y me empuja al interior de la casa.

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