[PDF] The Mister de E. L. James – Ebook

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Sexo ocasional, sin ataduras… Se pueden decir muchas cosas a su favor. Sexo sin compromiso, ni expectativas, ni decepciones; solo tengo que acordarme de sus nombres. ¿Cómo se llamaba la de la última vez? ¿Jojo? ¿Jeanne? ¿Jody? Da igual. Era un polvo anónimo, de las que gritan como locas, tanto dentro como fuera del dormitorio. Me quedo tumbado en la cama mirando el reflejo de las ondulaciones del Támesis en el techo de la habitación, sin poder
dormir.

Demasiado inquieto para conciliar el sueño. La de esta noche es Caroline. No encaja en la categoría de polvos anónimos; no encajará nunca. Pero ¿se puede saber en qué narices estaba pensando? Cierro los ojos e intento acallar la vocecilla que pone en duda la sensatez de acostarme con mi mejor amiga… otra vez. Ella sigue durmiendo a mi lado, su cuerpo esbelto bañado en la luz plateada de la luna de enero, sus largas piernas enredadas en las mías, la cabeza apoyada en mi pecho.

Esto está mal, muy mal. Me froto la cara, tratando de borrar el asco que me doy a mí mismo, y ella se remueve y se despereza, despertándose. Recorre con una uña de manicura perfecta el contorno de mi vientre y de mis músculos
abdominales, y luego traza un círculo sobre mi ombligo. Intuyo su sonrisa somnolienta mientras desliza los dedos hacia mi vello púbico. Le atrapo la mano y me la llevo a los labios.

—¿No hemos hecho ya suficiente daño por esta noche, Caro? Le beso cada dedo para mitigar el escozor de mi rechazo. Estoy cansado y desanimado por la sensación de culpa, desagradable y persistente, que se ha instalado en la boca del estómago. Es Caroline, por el amor de Dios, mi mejor amiga y la mujer de mi hermano. La exmujer de mi hermano. No. No es su exmujer: es su viuda. Es una palabra triste y solitaria para una condición triste y solitaria.

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—Oh, Maxim, por favor. Ayúdame a olvidar…

—murmura, y me deposita un beso cálido y húmedo en el pecho. Apartándose el pelo claro de la cara, levanta la vista y me mira a través de sus largas pestañas, con el brillo del dolor y la necesidad inundándole los ojos.

Tomo su preciosa cara en mis manos y niego con la cabeza.
—No deberíamos hacerlo.
—No lo digas… —Acerca los dedos a mis labios, acallándome

—. Por favor. Lo necesito.
Lanzo un gemido. Voy a ir directo al infierno.
—Por favor… —me suplica.
Mierda, ya estoy en él.
Y como yo también estoy sufriendo, porque yo también echo de menos a mi hermano, y Caroline es mi conexión con él, busco sus labios con los míos y la empujo de espaldas hacia atrás.

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