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Tempestad de sombras

libro Tempestad de sombras de Alexey Pehov

El bosque dorado

El pequeño y verde trasgo reaccionó con bastante susceptibilidad al oír que criticaba los bosques de Zagraba. —¿Qué esperabas, Harold? ¿Fanfarrias? —preguntó Kli-Kli, completamente indignado. Cada vez que expresaba mi insatisfacción ante cualquier cosa, aunque fuese una florecilla marchita, el bufón real se embarcaba en una apasionada diatriba en defensa de su tierra natal. —No, pero pensaba que Zagraba era distinta —respondí en un intento por calmar las cosas, arrepentido ya por haber iniciado aquella conversación.

—¿Y cómo crees que debería ser? — preguntó Kli-Kli. —Bueno, no lo sé… —dije arrastrando pensativamente las palabras, tratando de quitarme de encima al fastidioso trasgo. —Si no lo sabes, ¿por qué dices tonterías? —El bufón de ojos azulados propinó un puntapié a un montecillo de hierba que había tenido la desgracia de encontrarse en mitad de su camino—.

¡No le gusta esto! ¡No le gusta aquello! ¿Qué esperabas que viese tu ingenua e inocente mirada? ¿Árboles majestuosos de treinta metros de altura? ¿Riachuelos de sangre y un obur debajo de cada matorral? Lo siento, pero aquí no tenemos nada de eso. ¡Zagraba es un bosque de verdad, no el escenario de un cuento de niños! —Ya me he dado cuenta —dije con un plácido asentimiento de cabeza. —¡Se ha dado cuenta, ja! —Kli-Kli, no hagas tanto ruido — dijo Anguila sin volverse. Caminaba por delante de nosotros.

El malhumorado canijo dirigió al alto y moreno garrakano una mirada resentida, puso mala cara y dejó de hablar.

Durante las dos horas siguientes fue imposible sacarle una sola palabra. Era nuestro quinto día en Zagraba. Sí, sí, no parecía tener mucho sentido. Nueve locos personajes, entre ellos dos elfos oscuros, un trasgo, un fornido enano, un quisquilloso y barbudo gnomo, un sombrío caballero, dos guerreros y un sujeto bastante joven y de aspecto sospechoso, que caminaban entre los pinos parloteando con toda la fuerza de sus pulmones. ¿Por qué parloteaban? Porque estaban chiflados. ¿Por qué estaban chiflados? Porque ninguna persona en su sano juicio metería la nariz en las Tierras Boscosas ni por todo el dinero del mundo, y menos en el territorio de los orcos, que son famosos en toda Siala por las cálidas bienvenidas que deparan a los desconocidos.

Aunque en realidad no estaban tan locos (o al menos yo no lo estaba). Simplemente, nos veíamos obligados a meter las narices en Zagraba por cierta circunstancia que respondía al nombre de Cuerno del Arco iris. ¿Y para qué, en el nombre de la oscuridad, queríamos aquel condenado silbato de latón? Bueno, de haber sido por mí, no habría ido a Hrad Spein en busca del Cuerno por amor ni por dinero. Pero no era un hombre libre, había aceptado un Encargo y para mediados del invierno, si no devolvíamos el Cuerno a la Orden de los Hechiceros en la gloriosa ciudad de Avendoom, podíamos despedirnos del reino.

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