[PDF] Porque nunca se olvida – Christopher Rosas

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Porque nunca se olvida

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Aún queda un poco
“La vida es hermosa, pero la mía está envenenada para siempre.”

Dolía como no tenía idea, se sentía vacía, vacía y sucia.

Habían pasado más de dos años desde aquella tragedia. No lo había olvidado del todo, aún recordaba aquella noche. A la erfección. Suspiró, después de tantos meses aun seguía con aquella cosa, debería pasarlo, debería ya dejarlo en paz, sólo le afectaba cada día más y más.

Tenía esas manchas oscuras debajo de sus hermosos ojos, bueno esas cuencas que sostenían sus mejillas, antes eran bellas, brillaban con solo una sonrisa, ahora… estaban apagadas, al igual que toda ella. Aquel anochecer lo había cambiado todo.

Desde sus pensamientos a su forma de vivir. Seguía estando feliz, sonreía pero la mayoría de las veces no llegaba a sus ojos. Era una chica aplicada, estaba en buena condición, a pesar de todo, se mantenía firme… a veces. Trabajaba en una tienda siendo almacenista, eso de cargar cosas y organizarlas era lo suyo; además de que era en su tiempo libre ―y cuando había solicitudes― fotógrafa.

Era más bien un hobbie, pero si te pagan por hacer lo que te gusta, pues que mejor. A sus 19 años ya era casi independiente, vivía con su madre, una señora de 42 años con algunas canas, hermosa, cuando la veías pensabas que tenía al menos 30 años no sus 42. Gentil, responsable, orgullosa a veces, amigable y… una excelente madre. Sonrió.

Podía seguir con la farsa de tener una buena madre y lo haría cuantas veces quisiera, solo ella sabía la verdad. Su madre era una alcohólica que llevaba a cuantos hombres se le antojaba y por la noche o tarde, incluso en las mañanas, se escuchaban esos sonidos raros, esos jadeos y… no quería pensar en eso. Ese secreto sólo lo sabia ella y… su amiga “Vi”, oh, sí… y un amigo. “Vi” no era más que su computadora portátil, su fiel compañera que le había costado partirse el lomo por más de tres meses seguidos. Y vaya, adoraba esa cosa al igual que su arsenal de fotografía, todo le costó sudor y lágrimas. Todo.

Como aquella noche. Suspiró. Levantó la mirada y recorrió todo el lugar. Era perfecto para leer. Sentándose y abriendo el libro justo donde estaba el marca páginas, leyó las primeras líneas: “No nos hemos dado cuenta de que la noche ha volado y todavía no tenemos nada de sueño. Pero reímos. Reímos porque hay una primera vez para todo. También para pasar una noche entera delante del ordenador en compañía de una persona que no ves desde hace casi quince años.” Cerró el libro.

No podía seguir leyendo, no ese libro. Sobre todo cuando le recordaba a su viejo compañero de noche. Un chico que conoció en la escuela, conectaron de inmediato, pasaban horas platicando; él le contaba de sus travesías cuando era chico, pues en realidad tenía 23 años y ella 17. No supo más de él después de aquella noche. Estaba un poco traumada sobre aquella noche. Y también empezaba a odiar la palabra aquella.

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