[PDF] Mariposa de piedra – Concha Álvarez: ( 2 )

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MARIPOSA DE PIEDRA
Segundo Libro de los Caídos

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LA TORMENTA

Cada instante de la vida es un paso hacia la muerte.

Pierre Corneille Sara dejó una rosa blanca sobre la tumba de su madre. Después, se encaminó hasta un antiguo mausoleo situado en la parte vieja del cementerio, donde habían construido un suntuoso sepulcro. Ninguna otra tumba ensombrecía la grandeza y terrible soledad de esa sepultura. Sobre un macizo de mármol, con forma cuadrada, se alzaba la figura de un ángel. La serena tristeza de la escultura transmitía una conmovedora viveza que a ella la reconfortaba. Rozó con la punta de los dedos la fría piedra y miró los ojos marmóreos con emoción. Giró alrededor y admiró la perfección de los músculos y el contorno del rostro.

Desde hacía varios meses soñaba con ese ángel de una manera tan tórrida que la avergonzaba. Su presencia despertaba en ella una mezcla de emociones incomprensibles, pero sobre todo, tenía miedo. Miedo al creer que un trozo de mármol se convertía en un ser humano. Apenas recordaba el día del entierro de su madre, salvo el dolor, la confesión de Hugo y su sueño. Jamás había vuelto a repetirse con la misma intensidad. Aquella noche, la despertó el olor a flores marchitas y los recuerdos se agolparon en su mente con desgarradora nitidez. Entonces, con pereza, entreabrió los ojos.

Las pastillas que Francesc, el médico de la familia, le había obligado a tomar para calmar la ansiedad la adormilaban. Supuso que debía ser una cantidad suficiente para imaginar la figura de un hombre a los pies de su cama. Un hombre tan semejante al ángel del cementerio que cabían dos posibilidades: la locura o la ensoñación. Y prefería decantarse por lo segundo. Su aparición tenía el pelo oscuro y le caía en desorden a un lado de la cara; pequeñas gotas de agua resbalaban por su torso desnudo hasta perderse en la cintura del pantalón vaquero.

No llevaba zapatos, pero Sara no vio huellas mojadas en el suelo de la habitación. Poseía unos ojos grises que la miraban con una intensidad acuciante. Alargó la mano para tocarlo, rozó con cuidado y curiosidad la piel desnuda de sus hombros. Sintió un hormigueo en la punta de los dedos y descendió con suavidad hacia el tatuaje de su brazo, con forma de serpiente; el dibujo pareció removerse al tocarlo. El tacto frío de su piel la hizo tiritar y, aunque no era real, la miraba con toda la comprensión que nadie más le había demostrado en esos dos días. A pesar de que hacía un par de horas del entierro de su madre, igual que un viejo marinero necesitaba una botella de ron para acallar los recuerdos, Sara necesitaba que la estrechara entre sus brazos para consolarla en un momento tan doloroso.

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