[PDF] La luz tras la ventana: Riley Lucinda

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La luz tras la ventana

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Con su café con leche y su cruasán, Émilie salió por la puerta de la cocina al patio rebosante de lavanda situado detrás de la casa. El castillo estaba orientado al sur, de modo que el patio era el lugar idóneo para disfrutar del sol de la mañana. Era un bello día de primavera, lo bastante caluroso para estar al aire libre en camiseta.

La tarde de las honras fúnebres de su madre, celebrado en París cuarenta y ocho horas antes, había llovido sin parar mientras Valérie recibía sepultura. En el velatorio posterior —celebrado en el Ritz por deseo expreso de su madre— Émilie había recibido el pésame de la flor y nata de París. Las mujeres, en su mayoría de edades que rondaban la de su madre, vestían de negro y, en opinión de Émilie, semejaban un corrillo de cuervos decrépitos. El surtido de vetustos sombreros ocultaba sus ralos cabellos mientras se paseaban con paso tambaleante, bebiendo sorbos de champán, cuerpos consumidos por la edad, pieles caídas bajo gruesas capas de maquillaje.

En sus buenos tiempos habían sido consideradas las mujeres más bellas y poderosas de París. El ciclo de la vida, no obstante, las había hecho a un lado y sustituido por toda una nueva hornada de jóvenes activas e innovadoras. Cada una de esas mujeres estaba, sencillamente, esperando la muerte, pensó Émilie con pesar al salir del Ritz y detener un taxi para ir a su apartamento. Abatida por la tristeza, había bebido más vino de lo habitual y se había despertado a la mañana siguiente con resaca.

Por lo menos lo peor había pasado, se dijo a modo de consuelo mientras daba un sorbo a su café. Las dos últimas semanas había dedicado todos sus esfuerzos a organizar el funeral, consciente de que al menos le debía a su madre la clase de despedida que la propia Valérie habría preparado a la perfección. Émilie se había descubierto tratando de decidir si servir cupcakes o pastelitos con el café, y si las exuberantes rosas blancas que su madre adoraba eran lo bastante espectaculares para adornar las mesas. Era la clase de decisiones sutiles que Valérie había tomado cada semana y Émilie sentía, bien que a regañadientes, un nuevo respeto por la facilidad con que se había manejado en vida.

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