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Espía de Dios

libro Espía de Dios de Juan Gómez Jurado

Roma, 2 de abril de 2005. El Papa Juan Pablo II acaba de morir y la plaza de San Pedro se llena de fieles dispuestos a darle el último adiós. Al mismo tiempo, se inician los preparativos para el cónclave del que ha de salir el nombre del nuevo Sumo Pontífice. Justo entonces dos cardenales aparecen asesinados siguiendo un macabro ritual que incluye la mutilación de miembros y mensajes escritos con simbología religiosa.

Un asesino en serie anda suelto por las calles de Roma, y la encargada de perseguirlo será la inspectora y psiquiatra criminalista Paola Dicanti. A la cruel astucia del psicópata se unen las trabas que los servicios de seguridad del Vaticano ponen a la investigación: oficialmente las muertes de los cardenales no están ocurriendo y el cónclave debe celebrarse a toda costa. La aparición del padre Fowler, un ex militar norteamericano, supondrá un nuevo desafío para Dicanti, reacia a confiar en el misterioso sacerdote. Pero Fowler conoce el nombre del asesino y guarda un secreto aún más temible: su propio pasado.

PRÓLOGO

El padre Selznick despertó en mitad de la noche con un cuchillo de pescado en la garganta. Cómo consiguió Karoski un instrumento cortante es, aún hoy, un misterio. Lo había afilado con el borde algo suelto de una baldosa de su celda de aislamiento durante noches interminables.

Aquella fue la penúltima vez que consiguió salir del estrecho habitáculo de tres por dos, deshaciéndose de la cadena que le unía a la pared con una mina de bolígrafo. Selznick le había insultado. Tenía que pagar.

—No trates de hablar, Peter. La mano firme y suave de Karoski le cubría la boca con firmeza, mientras el
cuchillo acariciaba la barba incipiente de su hermano de sacerdocio. Arriba y abajo, en una parodia macabra de afeitado. Selznick le miraba paralizado de terror, los ojos muy abiertos, los dedos crispados en el borde de las sábanas, notando el peso del otro sobre él.

—Sabes a qué he venido, ¿verdad Peter? Parpadea una vez para decir sí y dos para decir no. Selznick apenas reaccionó, hasta que notó cómo el cuchillo de pescado interrumpía su baile. Parpadeó dos veces. —Tu ignorancia es lo único que consigue enfurecerme aún más que tu descortesía, Peter. He venido para oírte en confesión.

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