[PDF] En la otra punta de la Tierra: Resumen

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Philippe Nessmann – En la otra punta de la Tierra

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Dos o tres cosas que hay que saber antes de hacerse a la mar

En aquellos oscuros tiempos vivían en la India hombres con cabeza de perro. Vestidos con pieles de animales salvajes, en lugar de hablar ladraban y utilizaban sus poderosas garras para cazar. Más allá, en el país donde nace el viento norte, habitaban los Amiraspi, una tribu cuyos miembros solo tenían un ojo en la frente. Pasaban el día combatiendo con los grifones, monstruos medio león medio águila que querían su oro.

Y en algunos exóticos bosques, podían verse hombres con los pies hacia atrás, que les permitían desplazarse a vertiginosa velocidad. Los océanos no eran entonces más acogedores: agazapados en sus profundidades, congrios de cien metros de longitud, bogavantes de dos metros y criaturas demoníacas prestas a devorar las naves que pasaban por encima. Y en los mares del sur, el sol penetraba tan profundamente  que hacía hervir el agua y quemaba las velas y a los marineros.

En esa lejana época –no tan lejana pues hablamos del siglo xv–, había algo aún más extraño. En Europa, los bienes más preciosos no eran el oro ni las joyas, sino el clavo de olor, la nuez moscada y la canela. Los nobles estaban tan fascinados por ellos que se gastaban fortunas para sazonar sus insípidas sopas de repollo y sus carnes hervidas. En la otra punta del mundo, en cambio, en las islas Molucas, esas especias crecían como las malas hierbas. Los comerciantes árabes iban a comprarlas a precios muy bajos.

Las transportaban en barco hasta la India y, de allí, a lomo de camello, hasta Beirut o El Cairo desde donde las llevaban en barco a los puertos europeos. Durante esos largos meses de azarosos viajes, las especias cambiaban de manos una docena de veces y, como cada comerciante sacaba su beneficio, su precio no cesaba de aumentar. Al llegar a las mesas de Francia, Inglaterra, Italia o España, eran más caras que el oro. Si los europeos hubieran ido a buscarlas directamente a esas islas, les hubieran salido más baratas.

Pero estos no conocían el camino, y había ardientes mares que atravesar, monstruos marinos que combatir y pueblos extraños a los que hacer frente… A finales del siglo xv, el afán de lucro llegó a ser más fuerte que el miedo a lo desconocido y dos países se lanzaron a explorar los océanos. Para llegar a las Indias, los portugueses bordearon África por el sur y enfilaron sus carabelas hacia el este. Los españoles, con Cristóbal Colón, miraron hacia el oeste: atravesaron el Atlántico y descubrieron un nuevo continente, América. Había comenzado la era de los grandes descubrimientos.

Más que luchar entre ellos por la conquista del mundo, portugueses y españoles se lo repartieron con la bendición del Papa. El 7 de junio de 1494, en Tordesillas, los emisarios de los dos países tomaron un mapa, trazaron una línea de norte a sur en el océano Atlántico y decidieron que, en adelante, todas las tierras descubiertas a la derecha de esa raya serían portuguesas y las de la izquierda, españolas.

Pero, al otro lado de la Tierra, ¿en qué zona se encontraban las misteriosas islas de las Especias? ¿Quién se haría con las mayores riquezas del mundo? ¿Los portugueses o los españoles? Para descubrirlo, alguien debía hacerse a la mar, combatir contra los monstruos marinos, hacer frente a extrañas tribus y, si era capaz, navegar hasta el otro lado de la Tierra. En 1519, Fernando de Magallanes aceptó este desafío e intentó llegar a las islas Molucas bordeando América por el sur…, si era posible. Su periplo fue una de las más extraordinarias aventuras marítimas de todos los tiempos…

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