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El ladrón de las sombras

libro El ladrón de las sombras de Alexey Pehov

Un pueblo llamado Villacana

CUANDO SE ABRE UN LIBRO y se echa un vistazo a la primera página, no sin cierta prevención, la frase inicial es el factor determinante de que se siga leyendo o se descarte el ejemplar. Tras una larga reflexión acerca de la primera frase de esta novela, he llegado a la conclusión de que debéis escribirla vosotros mismos, los lectores. Quizá se os ocurran tópicos tales como «Había una vez…», «Hace mucho tiempo…» o «Muy, muy lejos, en un país mágico…», si, por desgracia, andáis escasos de imaginación.

¡QUÉ MUERMAZO! Deberás esforzarte mucho más para estar a la altura de la historia en la cual estás a punto de embarcarte. Tal vez os resulte útil leer una muestra del relato antes de adoptar una decisión al respecto, pues de todos es sabido cuán poco conviene precipitarse a la hora de escribir la primera frase. De todos los comienzos que conozco, uno de mis favoritos de siempre es: «Todos los niños crecen, menos uno». ¡Una apertura como esa no puede dejar de atrapar tu atención! Bueno, mientras caviláis acerca de la frase inicial, será mejor que deje de parlotear y comience a contarte la historia, pues, al fin y al cabo, para eso has abierto el libro.

La aldaba roja

ME SIENTO EN LA OBLIGACIÓN de advertiros, antes de continuar, que Mili no encontró ningún mensaje de amor en una botella ni tampoco salvó al mundo de un peligro espantoso. Lo que halló fue una fotografía, sí, una vieja y simple fotografía publicada en una página amarillenta del Clarín de Villacana utilizada para envolver las conchas de la cena anterior: caldo de moluscos y nabos.

Le tocaba sacar la basura, y ella, impelida por las ganas de acabar, hizo rodar el incómodo cubo hacia el lugar asignado, junto a la cerca de madera, pero lo hizo en un ángulo tan peligroso que saltó la tapa; además de golpearla ruidosamente en la cabeza, le ofreció una clara visión de su repugnante contenido. El paquete de conchas estaba medio sepultado bajo un montón de puré de patatas; la foto era apenas visible.

Tú o yo, en la misma situación, no habríamos sentido el menor deseo de rescatar esa página mojada de debajo de esa pasta viscosa y gris. Para Mili, en cambio, era una oportunidad de aventura demasiado tentadora para rechazarla, aun cuando, por cierto, ignorara la importancia trascendental…

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