[PDF] Cicatriz – Juan Gómez Jurado

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libro Cicatriz Juan Gómez Jurado

SIMON

Mi primer error fue enamorarme de ella.
El segundo error fue no preguntarle por aquella  cicatriz.

La mala noticia es que estoy a punto de cometer el tercero, y que va a ser mucho peor que los dos anteriores.
De mi hombro derecho cuelga una mochila que contiene mi futuro y el de todos mis empleados, en apretados fajos de cien. Si cruzo la puerta que tengo frente a mí, arruinaré aún más la existencia de todos los que conozco y de sus familias. Como si no me odiasen suficiente ya.

De mi hombro izquierdo brota un reguero caliente que resbala por el brazo y gotea por el cañón de la pistola. Noto la empuñadura pegajosa por la sangre que se seca entre los dedos. La aprieto con más fuerza para infundirme confianza.

No funciona. El charco carmesí que hay junto a mi zapato se va haciendo más grande a medida que las dudas me invaden y la fuerza vital se me escapa por la herida. El neón blanquecino que ilumina el pasillo parpadea, y mis ojos se desenfocan durante un instante. Me tiemblan las rodillas, y el miedo es una gélida bola de acero en mis tripas. Estoy a punto de cometer el mayor error de mi vida. ¿La buena noticia? La buena noticia es que no viviré para lamentarlo.

Una reunión

Me inclino hacia delante y vomito en la enorme papelera cromada. Mi estómago se contrae como un limón exprimido hasta dejarlo seco. La oleada de sangre en mi cabeza hace que el tiempo se detenga a mi alrededor, y que solo exista este borde frío metálico en el que me apoyo hasta que logro respirar con normalidad.
—¿Estás bien, Simon? —dice Tom.

El contacto de la mano de mi amigo en el hombro es tranquilizador, reconfortante. Al menos hasta que asiento. Entonces me agarra de la camisa y tira de mí hacia atrás, intentando enderezarme. Tengo que apoyarme en la pared para conseguirlo, porque Tom es un palmo más bajo que yo y pesa veinte kilos menos. —Pues recomponte, por lo que más quieras. Hoy nos los jugamos todo, grandullón —dice, haciendo un gesto a la recepcionista a su espalda. Trato de meter más aire en los pulmones, absorbiéndolo a bocanadas largas y descompasadas.

—Quizás habría que aplazar la reunión unos días. Depurar unas cuantas variables, darle a LISA un nuevo…
—Dios, te huele el aliento a baño de discoteca —dice Tom, arrugando la nariz—. No, no vamos a retrasar nada, porque este tío no volverá a Chicago hasta el año que viene, y para entonces estaremos en la calle, pidiendo debajo de un puente o algo peor. ¿Sabes lo que me ha costado conseguir esta cita? Vas a entrar ahí, vas a enseñarle esa puñetera maravilla que has diseñado, y vamos a ser ricos. Tom tiene razón, por supuesto, aunque no quiero reconocerlo.

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